4 sept 2008

Chacumbele

Por LUIS RAFAEL MADERA

Existe un personaje del folklore que todos conocemos, acompañante desde temprana edad nos llegó del exterior, ha sido nuestro: Chacumbele. Fue inmortalizado por el compositor cubano Armando Mustelier en una guaracha de 1941. Para la fecha está programado el regreso del conjunto dominicano que asistió al Centro-Basket 2008 efectuado en tierras mexicanas, donde se alcanzó la medalla de bronce. Con las autoridades del baloncesto nacional pasa otro

tanto: ellos mismos se han llevado el cuchillo a la garganta, lo más probable es que no tengan la cuantía para tomar decisiones definitivas, pero han pasado a ser unos muertos en vida, nada más, nada menos. Como reza el estribillo: “pobrecito Chacumbele / el mismito se mató”.
Los directivos de la Federación Dominicana de Baloncesto (FEDOMBAL) no pueden exhibir un triunfo colectivo, este logro no merece celebración, pues aunque el objetivo primario debió ser clasificar para el Pre-Mundial del año venidero, la euforia estaba apelotonada en la presea dorada y nunca se dejó espacio a otra posibilidad. Necesariamente se deben abrir las puertas al análisis de los hechos y la entidad deberá entender que se hundió. Esta vez se tienen que señalar los culpables y tomar medidas. Por supuesto, debe incluirse un plan de trabajo para llevar al baloncesto dominicano a un plano de respeto en el plano internacional, no más allá de cinco años.
Pensaba que a estas alturas de los acontecimientos, después de tantas distracciones en México, debieron ser públicas las renuncias del ingeniero Frank Herasme, presidente de FEDOMBAL, y de Héctor Báez, gerente de selecciones nacionales. No ha ocurrido así, quizás jamás suceda, pero esta azarosa, fortuita, inapropiada, aventurera, inelegante, nefasta, desdichada, sombría, precaria, torpe, ignorante, funesta, mostrenca, chabacana e incierta gestión no debe ser prolongada más allá de diciembre venidero.
Los dominicanos solo hemos conocido escasos logros con nuestra selección mayor masculina, con el resto de los conjuntos hay poco que rescatar y las competiciones a lo interno de la nación han desaparecido. Mientras, tenemos fracasos, decepciones, desengaños, fanfarronerías, denuestos, pedanterías, petulancias, contrariedades, ultrajes, bravuconería, vanidades, insultos, envanecimientos, agravios, desaliento y desconcierto.
El presidente de la entidad nada tiene que aportar, no hay un solo logro destacado en su dilatada gestión, únicamente la repetición perpetua de planes y proyectos que nunca se han llevado a la práctica: muchas palabras y poco hacer. El gerente de las selecciones, de su parte, no ha entendido en absoluto sus funciones, resulta en extremo excluyente y es solo una diversión para el colectivo en su afán de protagonismo; la situación con Jeff Martin para asumir esas funciones fue descarada. Toda la responsabilidad de lo acontecido en México es exclusivo de estas dos estampas.
Hace dos años cuando se le entregó el puesto de director de selecciones nacionales al señor Báez me pasó por la cabeza si era un acto de amistad o compasión. Me guardé cualquier comentario, era su tercera ocasión con la selección nacional, como siempre, caído de la nada, sin ser sometido a un escrutinio público. Mantenerlo en la posición demostraría que fue un acto de complicidad. Con su experiencia fracasó rotundamente en el cargo: posiciones para la risa en el plano internacional, escaso contacto con los jugadores del país y mucho menos con los que habitan en otras latitudes, además de sus conocidos arranques de emotividad, impertinencias públicas. Amen de su negativa a trabajar con otras categorías.
Los casos de Marlon Martínez, Amaury Filion, Andrés Sandoval, Jeff Martin, Jeff Greer, Ricardo Greer, Luis Flores, Juan Bautista Araujo, entre otros no dejan mentir. Súmele los desaciertos con Rodney Epperson, Stevie Mejía, Rome Sanders, Larry Turner, Rafael Madera, Luis Martínez, Dominick Mejía, José Cabrera, Clayton Baker y seguimos contando. La gota que rebosó la copa fue la sorpresiva, fulminante y atropellada salida de Scott Roth. ¡Hay quienes nunca harán las paces con sus demonios interiores!
La fisiología del cuerpo humano brinda una sabia estrategia. Las heridas no sanan desde la piel sino desde la profundidad de las células, que reconstruyen poco a poco el tejido dañado. Ese debería un buen concepto a aplicar a nuestro baloncesto.
Por otra parte, las declaraciones de Herasme al buen amigo Iván Brea en El Caribe de la fecha: “nos fallaron los jugadores en el momento que más lo necesitamos y eso es parte del juego”, no tienen migajas. En su intima convicción debe de saber que estos no son los malos del culebrón. No me extrañaría que diga por enésima ocasión que hay quienes quieren el fiasco del equipo nacional, pero no se atreve a identificar los imputados.
Hay muchos paños por donde cortar, pero el baloncesto nacional no puede darse el lujo de continuar por este derrotero tan abatido. Toda degradación colectiva tiene responsables: es producto de personas y entidades concretas como las que llevaron a la FEDOMBAL al desastre actual. Herasme tiene al enemigo dentro de si y a su diestra. Inevitable es la confrontación y el cambio. El diálogo se agotó, las cartas están echadas. Nada de esto sería tan grave si no hubiera colocado a la disciplina al borde del abismo. Ante el precipicio, solo tenemos una opción: saltar adelante y retomar la ofensiva.
Los únicos beneficiados de esta FEDOMBAL, podrida, empobrecida, hundida, destruida, diezmada e inoperante, son aquellos que puedan significar votos para un nuevo periodo. Única opción para seguir construyendo un liderazgo deportivo inexistente. Es el mismo entramado monipodio que después de la dictadura del general Trujillo ha conducido al país a la crisis moral en que nos encontramos. Monipodio es un vocablo eficaz y de poco uso, significa: “convenio de personas que se asocian y confabulan para fines ilícitos”. Lo utilizó Cervantes en una de sus novelas: Rinconete y Cortadillo. Según María Moliner, lexicógrafa española, alude a “gente ladrona o desaprensiva”. La mentalidad monipódica se maneja en base a intereses sectarios, secretos, y con códigos de lealtad y silencio que enturbian toda transparencia. Esto mina las bases democráticas porque atenta contra la credibilidad social, la confianza en la justicia, la solidaridad y el respeto a la ley. Sus códigos producen marchas y contramarchas, constantes escándalos y desmentidos, porque, a la vez, es esa suma de triquiñuelas lo que los fortalece como estructura política publica.
Herasme ha resultado un dirigente de convicciones torcibles, de fácil genuflexión y nula eticidad. Por supuesto ha contado con la asociación, consciente o no, de la inmensa mayoría de los asociados que se repiten en el interior sin resultados fehacientes o son nombrados por disposición egoísta. El convenio monipodio requiere de cinismo, que es una de las características más notables de la mayoría del grupúsculo entronizado en la institución, en general gente más ambiciosa que preparada y tan oportunista como carente de principios y valores.
Cada vez que alguien de mi entorno infantil metía la pata con consecuencias adversas, mi padre me soltaba el dichoso refrán. El espíritu auto destructivo del personaje siempre fue para mí un enigma. La metáfora evoca al tipo que se daña a sí mismo, con sus propios actos. Exactamente el caso de Yo-El Supremo.

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